Noche como cualquier otra

Todo comenzó en una noche como cualquier otra. Estaba a bordo de mi camioneta y te pasaba a buscar por el Delta.
Íbamos transitando por Panamericana y vos te me acercaste sigilosamente. Tus labios se posaron sobre mi oreja y tu lengua recorría jugosamente mi cuello. Tus manos empezaron a acariciar mi pecho, a la vez que bajaron hasta mi miembro. Lo tocabas por encima de mi pantalón y me susurrabas algunas cochinadas al oído.
Al notar que la situación iba subiendo de nivel y que la cosa pasara a mayores en la ruta, decidí desviarme e ingresar en el hotel Los Puentes de Babilonia. Mientras nos encontrábamos en la recepción pidiendo la llave de la habitación, vos dibujaste un corazón en mi espalda y yo te correspondí con mi mano debajo de tu falda. Luego, subimos al ascensor y nos empezamos a besar como unos estudiantes en celo, pero justo antes del séptimo cielo, otra pareja nos sorprendió in fraganti.
Escapamos de la escena corriendo y muriéndonos de risa hasta que llegamos a lugar de los futuros hechos.
Ingresamos, colgué mi saco y tiré a un costado mi corbata. Vos te quedaste apoyada sobre la puerta, entonces me acerqué como lobo en busca de su presa. Allí te tomé de tus cabellos y empecé a besarte apasionadamente por el cuello, mientras mis manos traviesas desprendían uno a uno los botones de tu blusa. Al mismo tiempo una de mis manos se quedaba acariciando esas enormes hermosuras, y la otra tocaba con delicadeza tus glúteos quedando mi dedo mayor entre ellos.
Después, mi boca comenzó a bajar hasta llegar a tus pechos. Allí me detuve para besarlos indomablemente. Mi lengua daba vueltas circularmente alrededor de uno de tus pezones y luego mis dientes lo mordían con suavidad.
Pero mi recorrido bucal no concluyó allí. Siguió su camino indecoroso posándose en tu vientre febril y tembloroso. Luego, continúo su marcha hasta entrar mi cabeza por debajo de tu pollera. Con mi mano izquierda corrí tu tanga roja y con la lengua comencé a frotar de manera vigorosa tu clítoris. Ya no era solo tu vientre quien temblaba, sino toda tu humanidad. Me pedías a viva vos que no me detuviera, que siguiera más y más. Entonces, perpetué mis besos oscuros en todo tu ser, absorbiendo cada gota de tu humedad y dos dedos de mi mano derecha entraban y salían sin cesar hasta que llegaste a tu primer orgasmo.
Solo bastaron unos segundos para que te reincorporaras. Me desbrochaste los primeros botones de mi camisa blanca y la bajaste por mis hombros hasta la mitad de los brazos, transformándola en una camisa, pero de fuerza.

La expresión de tu rostro era única. Tenías los ojos cerrados con cara de satisfacción, a la vez que la punta de tu lengua recorría todo el contorno de tus belfos para terminar mordiendo tu labio inferior con una ternura inexplicable.

Allí me arrojaste sobre la cama. Mi cuerpo reposado solo quería estar en contacto con el tuyo. Vos como un felino salvaje te arrojaste sobre mí. Tu lengua recorría como serpiente mi cuello, mi pecho y mi ombligo. Tus manos aventureras buscaban descubrir que había debajo de mis pantalones. Fue entonces cuando te encontraste nuevamente con mi miembro. Estaba largo y tieso. Tu boca no tardó en probarlo. Tus labios recorrían todo mi pene, deteniéndose tu lengua alrededor de su cabeza, donde la lamías como si fuera un helado de frutilla.
Así es que estuvimos acariciándonos y besándonos sin nada que impida el contacto de nuestras pieles.
En un momento te tomé otra vez de tus cabellos, jalándolos con cierta intensidad. Te di vuelta, poniéndote de espaldas a mí y mirando la pared. Tus manos se apoyaban en el respaldo de la cama king size. Afirmé mi pecho sobre su espinazo, siguiendo con el jaleo hacia atrás, mientras mis colmillos se clavaban avampirezcamente sobre su nuca. La mano libre tomó fuertemente uno de tus senos, mientras que la otra soltó tu pelo y fue directo a tu amazonas. Como un explorador, comenzó a investigar por los rincones de tu cavidad. El temblor nuevamente se posesionaba de tu continente. Te pedí que reposaras tus pechos sobre la almohada, dejando parado tu trasero.
Ante ese panorama no pude aguantar la tentación. Los dedos índice y mayor ingresaban por tu deseada vagina. Mi boca robaba un mordisco a uno a tu cola y dejaba como mi vigorosa lengua saliva en la puerta de atrás. Así lubricaba este especial sitio.
Sin saber cómo, ambos pulsos se hallaban dentro de tu ser. De manera coordinada entraban y salían. Sentía venir tu segundo orgasmo.
Gimiendo me pediste que te penetre. Primero, mi falo se introdujo por tu ano. Gritabas de placer. El amigo entraba y salía suavemente por su nueva amiga.
La expresión de tu rostro era única. Tenías los ojos cerrados con cara de satisfacción, a la vez que la punta de tu lengua recorría todo el contorno de tus belfos para terminar mordiendo tu labio inferior con una ternura inexplicable.
Ambos estábamos a punto caramelo. Mis pulsaciones estaban por hacer explotar mi corazón, tu cuerpo vibraba incontrolablemente. Me suplicabas que te penetrara ahora por el otro lado, y así lo hice. Mi pene en tu vagina, el dedo pulgar de mi mano izquierda seguía jugando dentro de tu ano y mi mano derecha acariciaba con suma intensidad tu clítoris, todos de manera tan sincronizada como si fuera un reloj suizo.
Mi volcán estaba a punto de erupcionar, mientras que la humedad de tu existencia me empapaba de goce. Entonces, me pediste que no acabáramos así. Te diste vuelta repentinamente, tomaste mi miembro viril y lo encajaste entre tus bellos y enormes bustos que decoran tu corazón. Comenzaste a fregarlo sin parar, para después tomarlo con una de tus manos, masturbándolo de un modo sin igual hasta que el magma ardiente de mi volcán se volcó tempestivamente sobre tus cerros. Me quedé sin aliento y con la saliva atragantada de placer.
Finalmente, te arrodillaste y nos besamos exaltadamente, para quedar nuestros cuerpos fusionados por el calor de las masas.

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