
Nuestro primer encuentro
Relatos eróticos: Leonardo y Andrea se cruzaron miradas en Mendoza; entre debates y silencios, el destino susurraba encuentros de misterio.
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Relatos eróticos: Leonardo y Andrea se cruzaron miradas en Mendoza; entre debates y silencios, el destino susurraba encuentros de misterio.

Cuando la familia está en casa, a mi tía le encanta que le meta toda la verga en el culo con vaselina mientras ella espía por la ranura de la puerta. Yo se la entierro bien profundo y ella me susurra: “No me la saques… estírame ese hoyo, estos pendejos están distraídos”.

Relato cuckold: entre pasiones prohibidas y tequila, un encuentro inesperado desata secretos y deseos intensos. ¿Te atreves a descubrir más?

Relato erótico: Entre miradas prohibidas y mensajes candentes, un encuentro laboral se transforma en una aventura secreta, despertando deseos ocultos.

Relato incesto: Un oscuro secreto familiar marcado por amores prohibidos y decisiones arriesgadas, donde cada enigma oculta implicaciones inesperadas irreversibles.

Relato erótico: Bajo la tenue luz, entre velas y encajes, se esconde un misterio que despierta deseos y secretos inconfesables.

Paisaje rural con arroyo de agua limpia, pequeña chacra con animales, y la mercería que atiende la tía en el pueblo cercano. son el entorno donde se desarrolla esta historia de relato gay

Relato erótico: Cindy, viuda y ex seductora, renace su pasión con Félix, desafiando el duelo sin revelar sus oscuros secretos.

Relato erótico: En medio del caos, una pareja joven desafía la adversidad, forjando un destino inesperado lleno de misterios.

un joven de 18 años describe escenas de voyeurismo y masturbación que derivan en fantasías incestuosas con su madre; el texto se centra en la excitación que le provoca observarla desnuda y masturbándose.

Relato sexo: Entre vivencias, oscuros secretos y pasiones prohibidas, un matrimonio liberal encierra un desafío erótico que desvela lo inesperado.

A los 34, Marcio confesó su infidelidad y me dejó. Me hundí: llanto, alcohol, cigarrillos, diez kilos. Luego renací: gimnasio, culo y piernas nuevos, y sed de venganza sexual.

Toda mi infancia se había desarrollado en el seno de una familia de clase media, media baja para ser concretoMi padre trabajaba en el ferrocarril,

Paula, abogada y madre, vive un matrimonio rutinario con Ramón: sin anal, sin acabar en la boca, sexo tibio. Todo cambia cuando Daniel, vecino, llega confesando infidelidad y pide su ayuda.

Soy Cindy, 47, viuda hace cuatro años: antes fui insaciable, pero con Isaac me calmé. Tras dos años de duelo, volvió el hambre… y Félix reapareció, joven, obsesivo y enorme.

Ingeniero agrónomo, casado y viajero, jamás fui Don Juan. Una avería me llevó al tren: horas de paisaje y rutina, hasta que subió una joven perfumada y nos cruzamos.

El beso negro y los dedos en el culo me volvieron adicto. Con Stella el placer creció: 69 interminable, tragos mutuos y remate anal. No me excita lo gay, aún.

Criada entre misas, me convertí en la hermana Teresa. En el convento, el silencio no apagó a Tamara: bajo el hábito arde un hambre secreta, prohibida, creciente que pide nombre.

Mi fantasía: que otros miren a mi esposa en persona. Con tangas y topless en playas solas, subimos el tono. La convencí de un “masaje profesional” y el aceite lo cambió todo.

Años atrás llegué a Tabasco por trabajo: mis nuevas compañeras me desnudaron con la mirada. Pronto supe el precio oculto de algunos ascensos; yo entré limpia, pero deseada por todos.

Incstuoso relato:Tras la muerte de su madre, desarrolla una relación romántica y sexual con el esposo de su madre (su padrastro), iniciada antes del fallecimiento durante un viaje a Acapulco, y describe esas semanas como una etapa de “amantes” sin ocultarse.

En el taller, la vecina comprometida me tenía obsesionado. Fui a su departamento con una refacción y un pretexto. Música, baile, un arrimón involuntario… su rechazo me dejó ardiendo más.

A mis 27 me mudé por trabajo y compartí casa con un tio de 60 y su esposa. Su culazo me obsesionaba; un día la vi subir a coche extraño.

Soy Jimena, 38, chubby y soltera: 1,65 y busto 34B. Me encienden los hombres de piel oscura y los pitotes: gruesos, anchos, cabezones, difíciles de hallar en mi boca hambrienta.

Confieso que me atrae el marido de mi hija. Intenté alejarme, pero su atención me desarma.

A los 18, subía al auto con pollera escocesa y piernas cruzadas. En casa, duchas con puerta entornada, toallón que resbala, minifaldas frente a él: su mirada delataba deseo mudo.

Historia real con nombres cambiados: Mariana, mejor amiga de mi esposa, 34 años, un cuerpo de locura. Está casada con Yason, mi amigo cercano; nos conocemos desde hace diez años.

Tras el ajedrez y unas cervezas, Alba se desnudó: tetas duras, coño depilado. La chupé hasta su orgasmo y luego me la mamó, pidiendo mi leche a chorros sobre ellas.

Rosario me invitó a su nuevo apartamento en la playa: cena especial y vino. Abrió en tanga y topless, cenó así, me provocó. Luego cocaína, música lenta, desnudos y sexo directo.

Viaje laboral de diciembre: una semana fuera, ocho horas por carretera. Debía llevar a Laura, contadora seria y casada. Al recogerla en su casa, apareció deslumbrante, imposible apartar la mirada.
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