Cuando la familia está en casa, a mi tía le encanta que le ponga vaselina en el ano y se la meta toda despacito mientras ella mira a la familia asomándose por la ranura de la puerta de su cuarto. Yo le estiro las tripas bien profundo y ella me susurra agitada:
—No me la saques hasta que yo te diga… Estos pendejos están distraídos, tú acaba de estirarme bien ese hoyo.
Siempre le sigo el juego. Ha habido ocasiones en que casi nos descubren, pero a ella le fascina el peligro.
Un día me dijo excitada:
—Cuando tu tía se acerque al cuarto, me la sacas y me la metes fuerte. No te preocupes, sácala y métela.
Ese día lo hice tal cual. Cuando mi otra tía se acercaba por el pasillo, se la sacaba casi completa y se la volvía a meter de golpe. Su culo, lleno de vaselina, empezó a hacer sonidos fuertes como pedos húmedos con cada embestida. Ella solo sonreía mordiéndose el labio, cada vez más mojada.
Cuando mi tía se acercó más, ella solo alcanzó a decir entre dientes:
—Puta madre… lo conseguiste, lo hiciste venir…
Se le escapó un chorro de orina mientras se corría parada. Se sentó rápido detrás de la puerta, orinándose fuerte en el piso, temblando del orgasmo. Cuando terminó, con la cara roja y la respiración pesada, me miró con ojos de puta viciosa y me dijo bajito:
—Ven… deja que te la mamo para limpiar este desmadre.
Se arrodilló, todavía con el culo chorreando vaselina y su propio pis en el piso, me sacó la verga brillante y se la metió toda a la boca, chupando y lamiendo con ganas mientras la familia seguía afuera, ajena a todo.
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