El sexo de la azafata del látigo

Relato de sexo con azafata

El vuelo había sido muy movido para la azafata. No le tengo miedo a los aviones. Pero con lo que se movió cualquiera se habría asustado. Por lo tanto el vuelo fue malo, pero lo que yo, un joven adolescente sentado al final de un avión, no sabía que al final ese terminaría siendo el mejor vuelo de mi vida.
Me encantan las mujeres. Todas. Un psicólogo me dijo que estaba enfermo. Pero yo sigo igual. Me encanta mirarlas, imaginarme cosas, a pesar de mi edad soy muy pervertido, muy. Si le das una mujer a un chico de mi edad, posiblemente no sabría que más hacer además de penetrarla, yo me imagino muchísimas cosas y las pocas exclusivas veces que he tenido una mujer para mí se quedan asombradas de las cosa que les hago. Me acostaría con cualquiera, pero si la mujer es mayor de treinta años mejor.
Soy muy tímido, cuando tengo a la mujer solo para mí no, le comentó todo lo que me gusta, tengo varios fetiches, para ser preciso cuarto. No sé porque, pero cuando estoy muy asustado empiezo a hacerles guiñadas a las chicas, les hablo de manera seductora, cosa que cuando estoy en mi estado normal no hago.
Lo empece a hacer con las azafatas. Las llamaba, les pedía cosas en un tono erótico suave, cosas estúpidas como un vaso de agua, después leía su nombre el cual lo tienen prácticamente en las hermosas tetas y lo pronunciaba de manera más seductora aún.
El vuelo por fin aterrizó, cosa que pensé que no pasaría, más bien sería una caída en picada, pero por suerte aterrizó. Al sentarme yo al final espere a que todos se bajaran para salir del avión. Siempre se apuran, se paran antes de abrirse las puertas, como si eso mágicamente haría que las puertas se abrieran más rápido. Se empujan como ratas solo para ver quién sale antes.
Cuando estaba vacío, tome mis pocas cosas, más bien mi única mochila y me encaminé a la dichosa salida. Ahí las vi, a las dos chicas, las dos hermosas azafatas. Mientras me acercaba les miraba sus grande y remarcados pechos. Eran realmente gigantes. La cosa no se quedaba ahí, las dos tenían un culo increíble. Mientras iba de camino me imagine miles de cosas. Ya en la salida, cuando estaba a menos de un metro de las dos maduras y hermosas mujeres, una de ellas se adelantó hacia la única puerta del avión y la cerró. Se miraron entre ellas. En su rostro se veía una pequeña sonrisa que solo mostraba complicidad y lujuria.
–       Ya que tanto hablaste haya atrás te vas a quedar un rato con nosotras…
Ni tiempo para razonar lo que estaba pasando me dieron, me empujaron las dos hacia uno de los compartimentos de primera clase, era increíble hasta cama tenía los muy ricachones.

Ya en la salida, cuando estaba a menos de un metro de las dos maduras y hermosas mujeres, una de ellas se adelantó hacia la única puerta del avión y la cerró. Se miraron entre ellas. En su rostro se veía una pequeña sonrisa que solo mostraba complicidad y lujuria.

Las chicas ni se lo pensaron, rápidamente me empezaron a desvestir, yo tenía la mirada fijada en las dos, reían pícaramente y se miraban entre ellas de vez en cuando. Yo pensé que se tirarían las dos a mamarmelo, pero no fue así, sino que me amarraron a la cama, manos y pies con audífonos del avión. Una vez yo estaba inmovilizado ellas lentamente se empezaron a desvestir. Una desvestía a la otra, se movían lentamente delante de mí, de manera muy provocativa. Yo sólo tenía ganas de agarrarlas y penetrarlas fuertemente.
Una salió un segundo de aquella lujosa habitación del avión, volvió enseguida, y yo puede reconocer al instante lo que traía en la mano, un látigo. Se me paro como nunca, estaba con dos maduras masoquistas, nada mejor. Una de ellas rompió el hielo.
–       Si queres vernos en acción vas a tener que recibir un fuerte latigazo para empezar.
Asentí rápidamente con la cabeza. A pesar de fue fuerte, me encanto, fue la chica rubia la que me lo dio, tendría unos 38 años. Luego de eso, se empezaron a besar entre ellas, luego la de pelo castaño bajo y empezó a lamerle suavemente la conchita a la otra. Podía ver lo mojada que estaba la rubiecita. Cada vez fue con más fuerza, la que recibía placer empezó a gemir cada vez más fuerte. Hasta que se detuvo, me miró, la que estaba agachada se levanto, tomo el látigo, y pronunció:
–       ¿Queires chupar tu verdad?
–       Claro linda
–       Te costará cinco
Sin dejarme ni siquiera aceptar la oferta, me dio cinco latigazos fuertes en el medio de mi estómago, yo me retorcía de dolor y placer. Echo esto se sentó la morocha en mi cara, estuvo increíble, podría apreciar la humedad, le comi todo, el ano, su clítoris, la llene de saliva entera, ella se retorcía, gritaba, pedía más. Hasta que se bajó y repetí el proceso con la rubia. Una vez la chica de pelo amarillo se levanto de mi cara se pararon las dos enfrente mío. Esta vez no hablaron de latigazos, simplemente se agacharon y empezaron a succionarme entre las dos el pené con mucha fuerza, primero se turnaban, le escupían, lo succionaban con fuerza, lo besaban, después me lamieron cada una un testiculo, estaba muy excitado. Por último se empezaron a besar entre ellas y mientras se besaban dejaban que yo metiera mi pene entre medio de sus dos boquitas en contacto.
No aguante más, me desate, las empuje a las dos, ellas se dejaron, empeze por la rubia, la penetre suavemente, luego cada vez más rápido, los gemidos se deberían sentir por todo el avión. Me estaba por venir, así que pase a la de pelo castaño, sin embargo ella tomó la iniciativa, tomo mi pene y se lo introdujo en su ano, me miró:
–       Soy toda tuya.
No aguante más, empeze a darle con toda, nunca había visto a una chica gritar tanto en toda mi vida. La rubia se puso detrás de mí y empezó a succionarme los testículos. Se sentía todo tan rico.
No aguante más y me vine, pero antes de eso saque el pene y las dos rápidamente se juntaron y abrieron la boquita, procure que se tragaran la misma cantidad cada una.

Una de ellas rompió el hielo.
–       Si queres vernos en acción vas a tener que recibir un fuerte latigazo para empezar.

No hablaron, se pusieron de vuelta su uniforme, yo también me estaba levantándome para vestirme. Pero una de ellas me empujó a la cama.
–       Sos todo nuestro, desde ahora este es tu cuarto, acá te quedaras, dormirás y comerás. Entre cada vuelo nosotras vendremos y nos divertiremos contigo, ahora toca viaje largo, ya veras como te despertaremos cuando aterricemos.
Las dos me dirigieron una sonrisa, una mirada, y cerraron y trancaron la puerta.
Ahora yo tenía dueño, dos hermosas chicas maduras sadomasoquistas.

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