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Mujer de otro
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Anton ha pretendido a Liss durante 8 años. Es un buen tipo, adinerado y muy culto; con más de 50 años de edad y algunos achaques a su salud. Le gusta Liss por su belleza y sensualidad, desde luego, pero también por su elegancia y su buen gusto cultural. Liss ha aceptado varias veces salir con él cuando viene a la Ciudad por trabajo, incluso lo ha acompañado a reuniones de negocios como amiga escort.
Algunos años atrás Liss aceptó una primera invitación y viajó a la Ciudad donde radica Anton, se hospedó en su departamento. Lo acompaño a una comida de trabajo y salvo algunas miradas y platicas picantes no sucedió nada. Liss lo atribuyó a la caballerosidad de su pretendiente y a que ella no dio suficientes pautas para que él sintiera confianza e intentara seducirla.
Hace cuatro meses se dio una segunda invitación; igual que la vez anterior acordaron que iría a verlo en tres semanas. No quiso complacerlo y verlo antes como él lo deseaba, quiso manejar los tiempos, sabía que ese plazo ampliaría el deseo de Antón por su compañía. Sus vivencias recientes la habían fortalecido como seductora.
Veinte días después, Liss se encontraba a bordo de un avión en primera clase, con destino a la Ciudad donde la esperaba Antón, otro deja vu de su vida, pero ahora, a diferencia de hace dos años, era otra, ya tenía más claro su rol de cortesana a flor de piel, listo para salir, para tomar la iniciativa, para avanzar más allá del coqueteo, como ya lo había experimentado por primera vez con Hugo.
Antón la recibió en el aeropuerto, se acomodó con ella en el asiento posterior del auto, mientras su chofer ayudó a Liss con su maleta de viaje.
Cenaron en su departamento, el mismo del primer viaje, si bien Liss iba dispuesta a más, también Antón en esta segunda cita intuía una mayor apertura; las palabras y mensajes de afecto y coquetería, incluso algunas fotos en prendas ligeras, que había recibido de Liss, le daban más seguridad sobre lo que podía esperar de esta mujer que ahora tenía en su departamento, al alcance de su cama por segunda ocasión. Con esa certeza Antón puso su mano encima de la de ella y le repitió lo mucho que le gustaba, que la extrañaba, que disfrutaba y le agradecía que estuviera con él.
-Si, ya sabes que me interesas también -le dijo Liss-, dejándole claro que era correspondido.
-Me pareces un hombre muy culto, muy atento conmigo –agregó Liss, porque así lo sentía honestamente y para darle Antón la confianza que necesitaba para que avanzara en el juego de la seducción.
Luego un silencio de ambos que ella cerró con un abrazo, pegándole los senos para dejarle claro a que venía esta vez. Conocía bien a Antón, sabía que si ella no daba entrada él no avanzaría, su prudencia, su edad, su condición física un poco deteriorada podrían ser una barrera de timidez ante la sensualidad de ella.
Por ello, después de abrazarlo le ofreció sus labios. Antón los tomó, aprovechó lo que le daban, la abrazó, acarició su torso, bajos sus manos por la parte lateral de sus caderas, sintió su silueta sensual y llegó a sus piernas, con movimiento inverso subió sus manos para acariciar suavemente sus redondos y carnosos senos. Hizo una pausa, un poco nervioso, sonrojado por el atrevimiento, tomó un poco más de vino. –¡Salud! -le dijo a Liss, como pretendiendo al ingerir el vino, ingerir también el gran paso que había dado al tocarla en forma sensual por primera vez después de tantos años de desearla.
-Vamos a que te instales en tu habitación, dormirás en la misma que la vez pasada –comentó Antón para romper el hielo de la situación.
Se levantaron y le mostró el dormitorio de visitas, ahora cambiado en su decoración, con otras pinturas y esculturas, con el mismo buen gusto. Liss notó que ya no estaba el cuadro de “La Mujer Azul” de Matisse con el que se identificó la vez anterior que durmió en esa habitación.
-Lo cambiaste, que bonito quedó -dijo Liss.
-Sí, cambié la decoración de todo el departamento. Ven, vamos a que veas como quedó la recamara principal -dijo Antón. Con más confianza la tomó de la mano, Liss correspondió y caminó con él hacía su habitación.
-¿Qué te parece? -inquirió Antón.
-De muy buen gusto –contestó Liss-, como todo lo que tienes aquí en tu departamento.
-Sí, como tú -sonrió Antón-: el mejor de los gustos.
Fue una sucesión de instantes. Liss aún tomada de la mano de Antón, oteaba las paredes y decoración de la habitación. Antón la seguía en su recorrido visual, se acercó a la boca de Liss y dio un primer paso: la besó y la abrazó con la mano libre. Liss correspondió, esta vez ella le acercó su cuerpo, le pegó las tetas y la entrepierna para que Antón sintiera sus carnes y sensualidad; para que notara su disposición.
Con delicadeza, pero ya con la confianza que le dio el momento y el comportamiento de Liss, Antón le bajó el cierre del vestido, se lo quitó lentamente. Liss acomodó su vestido sobre una silla a unos pasos, tomó la iniciativa: ella misma se desabrochó y se quitó la parte superior de su ropa interior, con los senos descubiertos se acercó nuevamente a Antón para iniciar un juego de caricias y excitación.
Se tendieron en la cama, de frente uno del otro, se dejaba acariciar y besar la piel de sus pechos, se dejaba acariciar las caderas y abría sutilmente las piernas para que Antón sintiera sus partes genitales. Atrevida y dominadora bajó una de sus manos al bulto masculino de Antón para sobarlo sensualmente, acarició su verga sobre la tela del pantalón, la frotaba de abaja hacía arriba, desde los testículos hasta la punta, la tomaba y la apretaba suavemente para que tomara dureza, para darle a Antón la certeza plena de que venía dispuesta a coger con él esta noche. Bajó el cierre del pantalón, con su mano experta sacó su miembro viril, lo acarició, lo vio a detalle y sonriendo en forma coqueta dirigió su mirada a los ojos de Anton que ya gesticulaba la excitación de sentir la mano cálida de la mujer que tanto había deseado por años chaqueteando su verga, poniéndosela dura. Hacía mucho tiempo que no tomaba tanta energía.
Anton extendió una mano a la cintura de Liss, acaricio su vientre, luego la bajó hacia la zona púbica, notó la excitación, continuó explorando, frotó sus labios vaginales exteriores; acarició la parte interior del muslo llegando a las ingles y desplazó a un lado el calzón para llegar a su rajita peluda en forma directa; con sus dedos frotaba el clítoris y los labios interiores ahora al alcance de su tacto. En esos roces metía las yemas de los dedos a la hendidura jugosa de Liss. «¡Qué rica panochita!… ¡mojadita!» -pensaba Antón para sí.
Después de varios minutos de caricias Antón hizo una pausa para levantarse y desnudarse completamente. Liss le sonreía recostada esperándolo en la cama.
Antón se acercó a la cara de Liss. -Eres una mujer muy bella, tu cuerpo es hermoso –le susurró al oído.
–Qué rico hueles -Complementó Anton. Liss experimentaba nuevamente el deseo y el gozo que causaba en los hombres.
Antón sonrió, volvió a besarle los senos, a lamer y mordisquear los pezones erectos y duros, tomó los lados de su panty y la bajó suavemente, descubría su vello púbico, poco a poco, conforme bajaba la tela de esa última prenda que lo cubría. Liss levantó las nalgas para facilitar que se la quitaran. Antón la bajó hasta los tobillos y le levantó los pies para retirarla completamente, acerco su nariz a la entrepierna y percibió el olor a sexo femenino, un tufillo delicioso de cachondez que emanaba de esa estrecha y apetecible hendidura; apretó esa prenda con su mano, como si fuera un trofeo de caza, sintió una parte mojada, que estaba así por los jugos que salían de esa vagina suculenta que estaba por disfrutar. Se incorporó y caminó en dirección al baño, -voy por un condón –expresó incrédulo aún.

En ese largo minuto para Liss, volvió a observar los cuadros de las paredes de la habitación, buscaba una pintura que la representará. Pensó en “La Bacante” de Gustave Courbet, también en “Nu couché” de su pintor favorito Modigliani, porque se imaginaba en esas poses: desnuda, seductora, esperando a su amante para hacer el amor, para que la disfrutaran.
Antón, regresó ya con condón puesto. –¿No quieres sentirme? – preguntó Liss.
-Claro, piel con piel es mejor -contestó Anton y se lo quitó.
Se encimó sobre el cuerpo desnudo de Liss, le besó la boca y los senos, le acaricio todo el cuerpo voluptuoso, le apartó las piernas y, por fin después de tantos años, introdujo su verga abriendo suavemente los labios carnosos y húmedos de ese bizcocho que tanto había deseado, se la metió parcialmente al inicio y luego se la dejo ir toda completa hasta el fondo del cuerpo de Liss que se movía cual puta experta para acrecentar el placer de ambos, su ego masculino disfrutó el cuerpo de la mujer que tanto añoraba cogerse.

Consiente de la condición física de su amante, sutilmente Liss cambió la posición para darle un buen orgasmo, se colocó arriba de Anton, en posición de vaquera: abrió las piernas, se acomodó la cabeza de la verga en la entrada de su panocha, se sentó suavemente y una vez que la sintió toda dentro de ella, inició sus movimientos ascendentes y descendentes para frotar el pene a todo largo con sus labios vaginales mojados, bajaba hasta sentir los huevos en sus nalgas y luego subía casi hasta que el glande de ese mástil se salía de su rajita, luego bajaba para ensartársela toda y así sucesivamente, sabía dar placer, le pegaba las tetas al pecho y le susurraba sensualmente al oído: -¿Así te gusta?
-¡Me encantas preciosa!, ¡qué rico coges! -contestaba Anton, mientras la besaba, acariciaba su cintura, sus pechos, sus nalgas, notaba como se transformaba el peinado arreglado de Liss; «vaya que el cabello revuelto de una mujer es muy sensual» -pensaba.
Liss exclamó su orgasmo: ¡aaah!… ¡aaah! -me estoy viniendo. -Ahora vente tú, ¡échame tu leche! -continuó exclamando aún agitada.

Antón no aguanto mucho, a los pocos minutos, descargó su pasión. Después abrazó a Liss, acarició su espalda un poco sudada y sus nalgas, acarició su cabello revuelto que tanto le excitaba.
Ambos disfrutaron mucho este encuentro, Liss permaneció acostada, se volteó un poco para descansar, de espaldas a Anton le pegó su cuerpo desnudo. Anton sentía la redondez de esas deliciosas nalgas en en su verga que se volvía a endurecer con los movimientos que ella misma provocaba, la abrazaba y le acariciaba las tetas. Mientras ella conciliaba el sueño por lo cansado del vuelo y la tensión de lo vivido, se relajó, evocó a Margarita Gautier, la protagonista de “La dama de las Camelias” con la que ahora se identificaba, se durmió en los brazos de otro hombre.

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