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Espiando a Rebeca dormida

Tanteando entre las sombras, di con el interruptor y encendí la lamparita al lado de la cama. Por un momento temí perturbarla ya que la luz le dio de lleno en plena cara pero el sueño de Rebeca era tan profundo que ni siquiera se enteró.

espiando

Tanteando entre las sombras, di con el interruptor y encendí la lamparita al lado de la cama. Por un momento temí perturbarla ya que la luz le dio de lleno en plena cara pero el sueño de Rebeca era tan profundo que ni siquiera se enteró. Dormía con la boca abierta y por entre los labios se le escapaba un hilillo de saliva que iba dibujando un circulito creciente sobre la almohada. Tampoco los párpados estaban cerrados del todo y dejaban asomar parte de la córnea enrojecida.
Acercándomele un poco, la llamé en voz baja. Como no obtuve respuesta la sacudí suavemente por el hombro mientras repetía su nombre varias veces. Fue entonces cuando me fijé en las dos cajas de pastillas que reposaban sobre la mesa de noche. Las examiné bajo la luz mortecina de la lamparita pero no reconocí los nombres. Imaginé que se trataba de tranquilizantes o píldoras para dormir.
Sin muchas esperanzas, volví a intentar despertarla. La sacudí un poco más fuerte, tomé su cara entre mis manos y la hice girar a uno y otro lado, repetí su nombre en voz alta, pero todo fue inútil. No conseguí que reaccionara. Para efectos prácticos, era como si estuviera muerta. Aunque si acercaba mi oreja a su boca pastosa podía sentir el aire caliente arrastrándose con pesadez dentro y fuera de los pulmones.
Llevado por una curiosidad malsana, quise saber entonces cuánto más había cambiado mi media hermana y, ya con la certeza de que no habría forma de hacerla despertar, opté por descubrirle el trasero por completo.
Poco recordaba cuando había sido la última vez que lo viera, pero en todo caso, de haber sido así siempre, estaba claro que nunca le presté la debida atención puesto que Rebeca tenía un culo formidable, conformado por una pareja de glúteos perfectamente redondeados, recubiertos con una piel lisa y tirante, libre de manchas o irregularidades de ningún tipo. En otras palabras, un prodigio de la naturaleza. Algo que merecía ser contemplado y, por encima de eso, admirado.

mientras me daba templones con una mano metida dentro del boxer, terminé de bajarle con la otra la pantaleta a Rebeca con el objeto de atisbarle


No es de sorprender que, al mismo tiempo que sacaba aquellas conclusiones filosóficas tan trascendentes, mi verga se pusiera tiesa como un palo. Y como una cosa lleva a la otra, asumiendo además que con ello no le hacía daño a nadie, sino todo lo contrario (me estoy refiriendo a mis propias y particulares urgencias del momento), decidí sacar provecho de la situación y practicar un poco el onanismo (es decir, hacerme una paja).
Con esto en mente, me senté a un lado y, mientras me daba templones con una mano metida dentro del boxer, terminé de bajarle con la otra la pantaleta a Rebeca con el objeto de atisbarle, aunque fuera un poco, el coño. Sin embargo, a pesar de que dormía encogida con las piernas dobladas al frente, no fue gran cosa lo que pude apreciar entre tanta oscuridad, por lo que, como mi curiosidad y excitación iban en aumento, me vi obligado a levantarme y tomar la lámpara de la mesa de noche (que por suerte tenía el cable bastante largo).
El problema era que me faltaban manos y tuve que volver a soltarla para proceder a tirar aún más de las pantaletas como única forma de conseguir una panorámica completa de la zona. Con interés creciente, acerqué el bombillo para iluminar de cerca mientras que con la otra mano le separaba del todo las nalgas. El espectáculo me dejó anonadado.
Ver aquella boquita rosada (el otro agujero también lo era, algo que nunca pensé que fuera posible) con unos labios afeitados limpiamente que semejaban en su forma los bulbosos cachetes de un mango, cortado y pelado, casi me lleva acabar sin siquiera la necesidad de tocarme (lo cual de todas formas no tardó en ocurrir).
Una vez satisfecho mi perverso deseo, volví a dejar todo como estaba (me felicité incluso por ejecutar un trabajo tan impecable con la prenda de ropa interior) y me fui a restregar los calzones en el lavamanos. Después de quitarles el pegoste, los colgué en la ventana (ya los retiraría a primera hora), me puse una muda limpia de ropa y finalmente me dejé caer en el sofá.

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