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• hace 1 semana, 2 diasSadhana Center• hace 1 semana, 2 dias
Llovía sobre Valencia como llueve a veces en octubre: de golpe, con ganas, como si el Mediterráneo hubiera decidido subir a visitar la ciudad. Lucía llegó a su piso de Ruzafa con el abrigo empapado y la espalda hecha un nudo después de tres semanas cerrando un proyecto que no terminaba nunca. Dejó las llaves en el cuenco de la entrada y se quedó quieta un segundo, extrañada. Olía a vainilla. Y a algo más dulce, más cálido.
—No te quites nada todavía —dijo Daniel desde el salón—. Solo los zapatos.
Había apagado las luces del techo y encendido una docena de velas pequeñas sobre la mesa baja. En el suelo, junto al sofá, había extendido una manta gruesa y un par de toallas blancas dobladas con un cuidado casi ceremonial. Sobre una de ellas, un frasco de cristal ámbar.
—¿Qué es todo esto? —preguntó ella, medio riendo.
—Llevas un mes durmiendo con los hombros pegados a las orejas —respondió él, acercándose para quitarle el abrigo—. Y yo llevo un mes leyendo sobre el arte del masaje erótico sin atreverme a proponértelo. Esta noche me he atrevido.
Lucía sintió un calor inesperado subirle por el cuello. Llevaban ocho años juntos. Ocho años de rutinas cómodas, de cenas a las diez y series a medio ver. Hacía tiempo que nadie la miraba así, con esa mezcla de nervios y determinación.
—¿Y qué dicen tus lecturas? —preguntó, dejándose llevar hasta la manta.
—Que no hay prisa. Que lo importante no es llegar a ningún sitio, sino estar donde estás. —Le apartó el pelo de la nuca con dos dedos—. Y que hay que respirar. Tú primero.
Ella respiró. Él también. Durante un rato largo, eso fue todo: el sonido de la lluvia contra el cristal, la llama de las velas temblando, el aliento de los dos acompasándose sin que nadie lo decidiera.
Cuando Daniel le pidió que se tumbara boca abajo, Lucía obedeció. Oyó cómo él se frotaba las manos para calentar el aceite antes de tocarla, y ese pequeño gesto, tan atento, le encogió el estómago de una manera que no recordaba.
Las primeras pasadas fueron lentas, amplias, desde la parte baja de la espalda hasta los hombros. Daniel no hablaba. Sus manos aprendían el mapa de ella como si fuera la primera vez: dónde se resistía la tensión, dónde cedía, dónde un roce más leve provocaba un estremecimiento que recorría toda su piel. Lucía notó que los nudos de semanas se deshacían uno a uno, y que en su lugar quedaba otra cosa. Algo despierto. Algo que pedía más.
—¿Bien? —susurró él junto a su oído.
—Muy bien —consiguió decir ella—. No pares.
No paró. El aceite olía a almendras y su piel brillaba a la luz de las velas. Las manos de Daniel bajaron por sus costados, rodearon sus caderas, volvieron a subir con una paciencia que era casi una provocación. Cada vez que parecían acercarse a algún lugar, se detenían, se demoraban, regresaban. Lucía empezó a entender lo que él había querido decir con no llegar a ningún sitio: el deseo no estaba al final del camino; era el camino entero.
En algún momento se dio la vuelta. Lo miró a los ojos y vio en ellos la misma lluvia, el mismo fuego pequeño de las velas multiplicado. Le tomó la mano aceitada y la guió despacio, sin palabras, porque ya no hacían falta.
Lo que pasó después se quedó entre ellos, entre la manta y el suelo de madera, entre los suspiros y las risas ahogadas de dos personas que se redescubren. Solo la lluvia fue testigo, y la lluvia, en Valencia, es tan breve que no le da tiempo a contar secretos.
Mucho más tarde, envueltos en las toallas que nunca llegaron a usar del todo, Lucía apoyó la cabeza en el pecho de Daniel.
—¿Sabes qué? —murmuró—. Creo que la próxima vez me toca a mí leer.
Él sonrió en la penumbra.
—Te dejo el libro en la mesilla.
Afuera ya había dejado de llover, y por la ventana entreabierta llegaba ese olor a salitre que trae el mar después de una tormenta. Dentro, por primera vez en semanas, nadie tenía prisa.
Sobre mi ...

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