Consuelo ,la amiga de mi madre

Amiga de mama

Me llamo Carlos. He remitido un par de relatos contando mis aventuras con mi hermana Susana, eso sucedió cuando era un adolescente, hubo alguna más que puede que cuente, pero en mi vida he tenido innumerables. Soy un hombre con la virtud de la belleza y con la destreza o suerte de no tener que esforzarme mucho para tener sexo. Hoy os contaré algo que me sucedió cuando aún era joven, en casa de una amiga de mi madre.
Recuerdo que aquel día tuve que acompañar a mi madre, porque después teníamos que reunirnos con mi padre para tratar un asunto personal, que no tiene importancia ahora. Estábamos en casa de Consuelo, cuando mi madre recordó que tenía que recoger algo antes de reunirnos con mi padre, no quería que la acompañara, así que le pidió a Consuelo si se podía quedar conmigo. Para mí era un insulto con la edad que tenía, podía volver a casa, pero la casa de la amiga de mi madre estaba más cerca del trabajo de mi padre y era más fácil gestionar el tiempo.
Me sentía incomodo allí, aunque Consuelo intentara distraerme. Era una mujer que rondaba la cuarentena, ya se le notaban arrugas alrededor de los ojos, pero conservaba una figura agraciada, tenía unas tetas normales, en su sitio; era caderona, con un buen culo. Para recibir a mi madre se había puesto un vestido elegante, algo ajustado y con un escote poco pronunciado, me dijo que podía ver la tele, lo que quisiera mientras ella se cambiaba de ropa. Hice lo que me indicó, pero confundí mandos puse en marcha el video. Me sorprendió ver en la pantalla una tía en 4 patas, desnuda, con dos tetas enormes que le colgaban, jadeando y pidiendo a gritos que se la follaran bien, mientras un tipo de gimnasio con una barba bien recortada le metía el rabo hasta los huevos. A los tres segundas la tenía dura e intentaba desconectar aquello antes de que Consuelo se percatara.

Era una mujer que rondaba la cuarentena, ya se le notaban arrugas alrededor de los ojos, pero conservaba una figura agraciada

Me acerqué hasta la habitación de la señora de la casa, aún con mi polla en plena erección, para comprobar que no se había enterado de nada. Disimuladamente asomé mi cabeza por la puerta de la habitación. Estaba de pie frente a un espejo, de espaldas a la entrada, lo único que vestía era unas bragas de color negro, sin darse la vuelta me dijo:
– ¿Te gusta lo que ves?
Me quedé blanco, inmóvil. La puerta se abrió y allí estaba Consuelo, con el pecho al aire, con los pezones erguidos, apuntándome. Estaba claro que mi polla no se iba a bajar nunca:
– Mira mis tetas, puedes tocarlas.
No estaba seguro, parecía una trampa, pero con cuidado alargué mi mano y apreté una de sus tetas. Consuelo cerró sus ojos e inclinó ligeramente su cabeza hacia atrás, sin perder tiempo cogí el otro pecho con la otra mano y comencé a masajearlos, estrujarlos, tirar de los pezones, consuelo no me decía no a nada. No tardé en metérmelos en la boca para chuparlos y mamarlos, incluso con mis dientes apretaba sus pezones. Me apretó la cabeza contra su pecho empujándome de la nuca, después se balanceó para abofetearme la cara con sus tetas. Me empujó de los hombres obligándome a arrodillarme, mi cara quedó a la altura de su pubis, retiró sus bragas hacia un lado mostrándome su no rasurado pero muy bien cuidado coño:
– Vamos, lámelo como un perro. – me dijo.
Obedecí sin pensármelo, pasaba mi lengua por cada pliegue de su chocho, chupando su clítoris y arrancándole gemidos de placer, lo tenía muy caliente y húmedo y mi saliva se mezclaba con sus flujos. Me apartó y sentándose en la cama me dijo:
– A ver qué tienes entre las piernas. Al poner a su altura me desabrochó el pantalón y me los bajó junto al slip, mi polla salió disparada golpeándola en la cara:
– Menudo cipote tienes. – exclamó sorprendida.
Lo acarició despacio, recorriendo con sus expertas manos todo el tronco, en una paja muy suave, empezó a brotarme del nabo un liquido transparente, viscoso. Consuelo empezó a jugar con él con la punta de su lengua, mientras con una mano masajeaba mis huevos y con la otra me masturbaba muy despacio. Deseaba que se la metiera entera en la boca, que me la chupara con fuerza hasta sacarme toda la leche, pero no me atrevía a obligarla cogiéndola de la cabeza y metiéndosela hasta el fondo de su garganta:

Consuelo cerró sus ojos e inclinó ligeramente su cabeza hacia atrás, sin perder tiempo cogí el otro pecho con la otra mano y comencé a masajearlos, estrujarlos, tirar de los pezones, consuelo no me decía no a nada.

– Tranquilo machote. – me dijo. – Antes de que te corras, quiero que este pollón me penetre.
Se echó para atrás estirándose en la cama, levantando las piernas y abriéndolas, ofreciéndome su jugoso y húmedo coño, era una maravilla, me apetecía lanzarme sobre él para lamerlo sin parar, pero hice lo que me pidió, me coloqué en posición y poco a poco le clave todo el rabo hasta que su culo hizo de tope contra mis huevos. Consuelo dejó con ojos en blanco mientras daba un grito de placer:
– Oooooh… siiii, hasta el fondo cabrón, fóllame, fóllame. Me lo partes en dos con esa
Yo seguí con el mete saca, consuelo me advirtió que no me corriera dentro, no quería ser la madre del primer nieto de su amiga. Ya estaba a punto, me levanté liberando su encharcado coño, ella se colocó en cuclillas delante mío, con las bragas bajadas hasta los muslos. Se metió la polla en la boca y esta vez comenzó a chuparla con fuerza y a gran ritmo, después se cogió las tetas levantándolas y soltando mi nabo me dijo:
– Córrete en mis tetas.
De mi polla brotaron abundantes y calientes chorros de semen, tan espesos que se quedaban pegados en sus pechos, colgando de sus pezones. Tras la corrida empezó a jugar con un dedo con mi leche, hasta que recogió una muestra y se lo metió en la boca para degustarlo: destroce el chocho. pedazo de polla, oooh…como me gusta.
– Ummmh… me gusta. – dijo de una manera muy guarra. –
Se puso en pie mientras hacía que yo me arrodillara, se quitó las bragas y colocó un pie sobre la cama para quedarse medio abierta de piernas, me cogió la cabeza y me dijo que se lo chupara hasta que se corriera ella. Ni me lo pensé, me lancé sobre aquel coño para saborearlo. Consuelo jadeaba y gemía, hasta que sus caderas se convulsionaron en espasmos incontrolados, apretaba muy fuerte mi cabeza contra su coño y temía que sus alaridos los escuchará mi madre desde la calle. Al soltarme dijo que debía tener dos cosas muy claras: que aquello no se iba a repetir y que mi madre no se enteraría nunca.
Lo segundo estaba clarísimo que no se iba a producir, pero lo primero, no lo tenía tan claro. terminado.

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