Bienvenida a dos bocas

Corredor Facultad

 Después de leer algunos relatos de este sitio, me sentí confiado para enviarles el mio, de algo que me paso cuando estaba estudiando mi primer año de Universidad. Tenía 19 años y, como cualquier recién ingresado,los primeros días lo que quería era conocer gente para sentirme un poco más confiado. Siempre he sido un tipo sociable, y en el amor y el sexo me gusta aplicar un dicho popular de por acá: “El que mucho escoge, poco coge”. Con eso en mente, los primeros días iba dispuesto a conocer tías buenas con la mente abierta. Además, habían sido ya seis meses desde que me deje con mi novia y, acá entre nos, tenías unas ganas de cogerme a cualquiera.

Paulina tenía una predilección por los shorts cortitos, que acentuaban su hermoso culito y que, de cuando en cuando, dejaban ver sus tangas de hilo dental

 En uno de esos primeros días, comencé a notar a dos muchachas que siempre se sentaban en las filas de atrás del salón. Parecían calladas y reservadas, y de hecho me las había topado varias veces sin obtener de ellas más que una que otra mirada de indiferencia. Un día, como el buen aventado que soy, decidí sentarme hasta atrás también y comenzar a platicarles con ánimo amigable. Una se llamaba Paulina y la otra Karla. Me enteré que eran primas, que venían a estudiar de una ciudad más a norte del país. Ambas eran morenas, de baja estatura y con cabello negro (se notaba el nexo familiar). Pero cada una de ellas destacaba por sus propios atributos. Paulina, por ejemplo, tenía un culo enorme, de esos que cuando los ves te dan ganas de comértelos a besos y tenerlos encima de ti todo el día. Karla, por otra parte, destacaba por tener unos senos bien bronceados y, acá entre nos, con unos pezoncitos que se le marcaban con creces con esa blusa blanca que llevaba el día que les comencé a hablar (en aquellos días hacía mucho calor y era normal ver a todo el mundo sudar).
 Resultó ser que ni Karla ni Paulina eran tan reservadas como yo creía, de hecho, una vez que las conocí resultaron ser bastante agradables y relajadas (típico de las personas del norte). Me caían muy bien, pero por sobre todo, me encantaban los atuendos con los que día a día me provocaban una erección tremenda, de esas que no te dejan ni ponerte de pie. Paulina tenía una predilección por los shorts cortitos, que acentuaban su hermoso culito y que, de cuando en cuando, dejaban ver sus tangas de hilo dental, siempre bien distinguibles. Karla, por otra parte, prefería las minifaldas y las blusas pegadas, lo que resultaba en una combinación que me dejaba ver bien sus hermosas piernas y sus bien formados senos.
Con el tiempo, se convirtieron en amigas cercanas y pasábamos un buen rato juntos, pero yo nunca deje de tenerles esas ganas tremendas de cogérmelas. A Paulina me moría por ponerla en cuatro para sacar el máximo provecho de ese culito, y me emocionaba la idea de decirle a Karla que me dejara meter mi verga entre sus tremendos senos, para masturbarme con ellos. No se los dije así de claro, pero de vez en cuando se los insinuaba entre conversación y conversación (las del norte tienen fama de ser liberales sexualmente hablando, y ellas no eran la excepción).
La ventaja de que fueran foráneas es que siempre estaban solas en su departamento. Cuando agarramos más confianza, alrededor del fin del primer semestre, me comenzaron a invitar para pasar el rato y tomar algunas bebidas.  En una de esas, celebrando nuestros buenos resultados escolares, bebimos unos pares de cartones de cerveza mientras veíamos la tele, y para la medianoche ya estábamos un poco mareados.
Ah, por cierto, se me olvidó mencionarlo. Cuando estaban en su departamento, por comodidad, ambas se ponían ropas aún más reveladoras que las que usaban en la universidad. Les hablo de unas prendas que según ellas eran pijamas, pero para mi no eran más que tangas y sostenes con decorados de gatitos. Hermoso, podía ver sus atributos más cerca que nunca.
Ya entre lo tomados que estábamos, decidí probar suerte con mis deseos sexuales.
-Bueno, oigan, ¿no sienten raro andar enseñando tanto el culo en su casa? Les pregunté. Ambas rieron y movieron la cabeza, en señal de que no, no les daba pena alguna.

Cuando estaban en su departamento, por comodidad, ambas se ponían ropas aún más reveladoras que las que usaban en la universidad.

-Pues acá entre nos, mejor para mi, porque me dan una vista hermosa.
-¿En serio? Dijo Paulina. ¿Y no quieres tocar?
Acto seguido, se inclinó un poquito hacia adelante y me dijo que le diera una nalgadita. Entre broma y broma, se la di y pude ver como sus hermosas nalgas temblaban. Los tres empezamos a reír.
-Bueno, ¿y tú no deberías hacer lo mismo? Me preguntó Karla.
-Como que lo mismo, no entiendo. Respondí yo.
-Pues sí. Hace calor, quítate un poco de ropa. Dijo Karla.
Ya con unas cervezas más encima, decidí seguirles el juego. Me quité mi camisa y me quedé en camiseta. Me quité el pantalón y me quedé en boxers. No sé ni porqué lo hice, porqué tenía tremenda erección.
-¿Y eso? Dijo Paulina.
-Pues es el efecto de verlas así. Dije, en broma. -Se pondría más contento si le dan un pequeño masaje-, les dije.
-¿Y cómo es eso? Me respondieron, medio en broma. Ya sabían hacia donde iba el asunto.
-Pues miren, les respondí. Tomé la mano de Paulina y la puse sobre mi verga, aún con el boxer puesto.
-Dale masajito, despacito Pau. Le dije. Paulina empezó a acariciarme la verga. Obvio sabía lo que hacía, porqué ponía más atención en la punta de mi erección.
-¿Y tú? Le dije a Karla. ¿Vas a dejar que tu prima lo haga sola? Los tres reímos, y Karla también agarró mi verga, y en unos minutos ya tenía a ambas masturbándome de una forma exquisita.
-¿Y ahora? Dijo Karla
-Ahora, ahora…hay que darle besitos. Le contesté.
-¡No! Dijo ella, medio risueña.
-Ándale, unos piquitos en la puntita.
-Bueno, pero que quede entre nosotros.
Así Karla se agachó y me empezó a dar unos piquitos en la punta de mi tremenda verga. Unos poquitos que poco a poco pasaron a ser besos de lengua sobre mi verga. Karla movía toda su lengua sobre el tronco y, cuando llegaba a la punta, la succionaba despacito con sus labios. Nunca nadie me había dado una mamada así de deliciosa.
Paulina, como imitándola, se deshizo de su tanga y se empezó a toquetear, así como si nada, enfrente de mi.  Los tres ya estábamos súper prendidos.
-Paulina, ponte en cuatro, quiero ver tu culote. Ella obedeció y se puso en cuatro sobre la alfombra, lo que me dejo ver todo su tremendo sexo, que ya estaba humedecido.
-Ríquisimo. Ven, tu también mámamela con tu prima.
Paulina se puso en cuatro justo junto a su prima y también empezó a mamar mi verga. Las dos la lamían simultaneamente. Una mamada a dos es deliciosa. Sentía ambas lenguas sobre mi pene, y me excitaba bastante ver como pasaba de la boca de Paulina a la de Karla sin vacilación.
Le dije a Karla que me la mamara y se la metiera toda. Ella obedeció y se la metió entera. La tomé de la nuca y empecé a sacar y meter la verga de su boca varias veces. La saqué y luego la pasé a la boca de Paulina, y le hice lo mismo. Así era, le metía la verga a una en la boca, dejara que me la mamara y lugo la pasaba a la boca de la otra. Delicioso.
Tenía la verga toda mojada y lista para explotar, pero no iba a venirme sin antes cumplir una de mis fantasías: venirme sobre las tetas de Karla. Le dije que las acercara, y puso sus enormes tetas y pezones cerquísima de la punta de mi verga. Paulina abrió la boca y puso su cara.
-Pero jálamela para que salga toda, le ordené a Karla. Me empezó a masturbar rápidamente.
-¿Así? ¿Te gusta? ¿Más rápido? Me dijo. Yo estaba tan excitado que ni alcancé a contestar.
-Me vengo,  me vengo, abre bien la boquita, le dije a Paulina.
De repente, tremenda carga de semen cayó sobre ambas: sobre la cara y boca de Paulina y sobre las riquísimas tetas de Karla. Fue tanto que la cara de Paulina quedó casi blanca de tanta lechita que le tiré-
Esa noche dormimos juntos los tres, desnudos. A medianoche me desperté y comencé a acariciar el ano de Paulina, metiendo mi dedito despacito. Ella despertó y me empezó a jalar la verga. Así estuvimos un buen rato, hasta quedar dormidos.
Tiempo después, esos encuentros sexuales se repetían una vez cada dos meses aproximadamente. Experimentamos todo lo que había por experimentar. Pero otro día les contaré más, y especialmente, del día en el que por fin pude abrir el ano de Paulina.

 

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